Bienvenidos

Les presento un rincon de mi, situaciones que no quiero que se pierdan en el olvido, porque la memoria es fragil y el papel es eterno, papel que en sus letras exhuda fragancias que trascienden espacio y tiempo.

domingo, 16 de octubre de 2011

Nuevamente


Nuevamente  el ocaso cae y el día se rompe. Así como se ha robado la luz, la noche se ha robado también mi voz, dejándome  de espalda a mi cama, viendo al vacío dentro de mis propios ojos, con una mirada que simula ver el techo, como el mentiroso más grande, que no hace más que verse a sí mismo. Me detengo así, pensando,  escuchando el sonido del silencio, en el que me doy cuenta de que nunca nada calla y que, al momento en que parece apagarse todo  alrededor mío,  es mi propio motor interior el que  empieza a resonar en mis tímpanos, con un zumbido que a veces es molesto. Y así, noto que el silencio no es la ausencia de ruido, silencio es un ruido que se niega a sí mismo, es un hablar con sabor a callado, es la ilusión de creer que nada resuena alrededor nuestro. Es en el momento en que dejamos de prestar atención a los murmullos externos a nosotros y empezamos a mirar los pensamientos propios. Voy cayendo en cuenta de que el silencio es el que comienza a aparecer. Y así, la fantasía estructurada cae.  Con el volar de estos pequeños demonios, surcando inocentemente, inconscientemente, en  el éter en el que viven vagando, la noche transcurre a un tiempo dispar, en el que la relatividad del segundo hace que la longitud de mis momentos  se establezca según como estos diablillos cruzan por mi cabeza impulsados por un viento curioso, cuyo nacer no tiene procedencia, y que mece mis hojas a momentos distintos.
 Y jugamos a la pinta, esos pensamientos y yo. Corro, corro, corro y a veces ni los alcanzo, a esos espejismos más allá del asfalto, hasta que al fin digo: Pinta! Y otro de estos chiquillos me alcanza. Y jugamos, hasta que la noche se vuelve adulta, hasta que lo real se pinta de imágenes. Curiosos estos magos que trascienden las ideas, como me seducen y se vuelven lentamente en imágenes reales, disfrazándose de mundo y como Circe, me van llevando de la mano hacia el mundo en el que habita mi verdadero yo, en donde tal como en la locura, debo perder la conciencia para entrar, y bajo el telón sombrío, mi mente vuelve a zumbar, pero esta vez ya no soy precisamente yo.

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