Bienvenidos

Les presento un rincon de mi, situaciones que no quiero que se pierdan en el olvido, porque la memoria es fragil y el papel es eterno, papel que en sus letras exhuda fragancias que trascienden espacio y tiempo.

martes, 3 de enero de 2012

Hacerlo con otra letra

Es una historia como muchas historias que se ven bajo el cielo de Santiago, en donde hay una chica, la cual puede ser una chica como tú o como cualquiera, y hay también un chico, uno de esos que se ven en la esquina, es decir, una trama de gente común y corriente, con aventuras que alguna vez tú o yo nos podríamos ver envueltos, cosas clásicas de cada uno viviendo y sobreviviendo en esta dulce ciudad. Recuerdo que era mediodía, en una mañana fresca de Agosto y yo iba camino a mi sala de clases, ellos aparecieron como un par de siluetas difusas, un par de hormigas inquietas, fue al estar a menos de 50 metros de la pareja cuando realmente los vi. Ella de brazos abiertos, manos en la cintura, de maneras impacientes y de rostro duro, él, mas alto que ella, agachado para hablar. Entre ambos se increpaban. No les diré, fiel público, de que esta era la primera pelea de parejas que alguna vez había visto, sería muy hipócrita afirmarlo después de vivir con padres que llevan más de veinticinco años de casados, pero entonces si me preguntan que me llamo la atención de esta pelea en específico por sobre la multitud de otras peleas que alguna vez pasaron por mis ojos y dijeron simplemente adiós, les seré honesto, fue un simple instinto de vieja de barrio, de escuchar un par de gritos y querer saber que pasaba allí, de darle un poco de intriga a una mañana que aparentemente se vaticinaba tranquila y silenciosa, también supongo que fue también por el simple jugar, ese jugar que transforma el lenguaje de los cuerpos que poseemos todos y que se hace imprescindible para un observador de la distancia, como yo, y poder, tal como el alquimista, mago capaz de transmutar la sustancias, transmutar aquellos movimientos y vociferaciones  en palabras y significados. A medida que me iba acercando iba viendo como se desenvolvía semejante espectáculo, un vozarrón agitado promulgaba él, repartiendo sus  brazos agitadamente, maestro de orquesta de una sinfonía invisible, con una mirada de matar y de muerte. Ella no se quedaba atrás, en los momentos en que el atacaba, ella replegaba su cadera y tronco hacia atrás, como luchando contra el viento y apenas el cerraba la boca, ella respondía, ella era el mar y sus olas chocaban y se replegaban, chocaban y se replegaban, en un cíclico silencio y repuesta-ataque. Hasta que ese festín de caras rojas llega a un punto culmine, el dice algo, su rostro se congela, se da media vuelta y se va, dejándome mirando la distancia que se crea entre ellos a medida en que él cruza aquella calle y sigue por la otra vereda. Ella se queda parada, expectante, de brazos cruzados y mirada desafiante, tan desafiante como la que él puso al abandonar la escena y caminar lejos. Quizás ella esperaba que el volviera, no lo sé, lo único que sé es que su mirada quemaba, que al ocurrírseme al pasar por su lado y mirarla directamente a la cara, mis pupilas recibieron una respuesta que hizo que estas últimas quisieran escapar como hombre frente a la muerte, recibí al mirarla un mensaje que me decía: “Yo no estoy aquí para ser tu show, esfúmate. Si se te ocurre seguir mirando te mascare la cuencas hasta dejarte ciego”.
Mis ojos tienen un temperamento mas de curioso que de cauto, así que apenas deje de sentir ese mirar penetrante en mi nuca, ellos volvieron al acecho, pillando en cambio en aquella mujer no una mirada de expectancia sino de decisión, habiéndose él alejado media cuadra, al no haber ella recibido la respuesta que esperaba, ella, decidida, arrancó. No de él, hacia él. Y en cada paso el piso se quebraba, en su agitado caminar parecía que la rotación del planeta se subyugaba al movimiento de esas piernas, y el mundo giró más acelerado, tanto, tanto, que el mismo tiempo tuvo que correr más rápido para poder alcanzarlo. Porque no parecían ni diez segundos los que habían pasado cuando ella, una cuadra y media caminada, lo logró alcanzar y se plantó firme detrás de él, y se anunció con lo que parecía un grito, digamos que a la distancia la oreja no funciona tan bien a sí que no podría llegar a aseverarlo tan bien. Ellos no estaban cerca mío, estaban a media cuadra de distancia, y aun así los veía, los buscaba y anhelaba, porque yo sabía bien que esa pelea con ese nivel de intensidad solo se daba porque el amor que alguna vez existió entre ellos fue fuerte, imponente y demoledor, porque a mayor la rabia sentida por las cosas hechas por el otro, a mayor sentimiento de dolor por el daño hecho y dicho, es mayor el sentido de posesión  y deseo del uno sobre el otro (Claro que a pesar de que el amor se exprese de diferentes maneras, no por eso el deseo posesivo deja de ser una de ellas). No por algo hay amores que terminan en muerte, porque hay pasiones que se llevan a niveles tan intensos, que después de acabados lo único que anhelamos es el volver atrás, a aquellos momentos en que la sincronía de los bailes es perfecta, a aquel momento en que el bailar para el otro es el bailar para uno, porque dos son uno y esa ecuación ni Hawkins la entiende, el danzar que una vez acabado, acaba también con la misma vida, y con ello, ambas vidas que alguna vez fue una, el femicida no es un homicida, es un suicida, se mata a ambos.
 Era una vez el amor, era una vez el uno compartido, era una vez la dicha, el gozo y el baile sincrónico. Erase una vez el pájaro infinito. El amor vuela hasta que se le gastan las alas, cayendo con un dolor eterno hacia el suelo, e incluso aquí, en la impotencia, con las alas rotas, los seres agitan sus brazos desenfrenadamente esperando volver a volar, hay unos que las siguen agitando  agotándose hasta la misma muerte, sin saber que es necesario dejar de agitarse para que sus alas sanen. Hay otros que se dedican romper las alas del otro, porque no pueden soportar la visión de la propia felicidad que se perdió en el volar ajeno (Como dice por allí el dicho, hay quienes que para ser más altos que sus pares, se dedican a cortarle las cabezas), hay unos que toman alas prestadas y las usan, hasta gastar las alas de esos otros pajarillos otros y para así volver a caer, pero esta vez trayendo a alguien consigo.
Y así vi, en ellos, al amor que alguna vez se tuvieron y al encontrarse en un campo de batalla tan épico como este, sabía que este desenlace iba a ser el definitivo, aquí se peleaba la última batalla y ambos samuráis desenvainarían sus mejores katanas, no me iría a decepcionar. Ambos comenzaron una batalla de vozarrones, el mismo agitar púlpico de brazos, las idas y venidas de las caras, se encaraban mutuamente, danzaban descoordinados, cuando se lanzaban increpaciones uno al otro, el que recibía el mensaje era siempre a brazos cruzados, como desconfiando del mensaje del otro y yo me decía Oh No!, ¿Por qué a brazos cruzados?, ¿Por qué a la defensiva?, se aman ustedes y no se permiten escucharse, como pueden permitirse ensuciar y romper a pedazos algo que fue tan bonito, y así siguió un rato,  grito a grito, un mover de brazos, un golpear que no es físico, pero que hubiera hecho retroceder hasta el mismísimo Mike Tyson, es una pelea de sumos. Y yo seguía caminando por mi pasillo, viéndolos, mi mundo era su mundo y así se me iba la vida en esa mañana.
[[Hasta que súbitamente, sus gritos se van acallando, los silencios se van haciendo más largos y las voces se van haciendo mas reposadas, con ello también las miradas se van haciendo mas profundas, algo en la mirada de él cambia, la de ella aun se ofende, enoja y teme, pero ahora se silencia, el dialogo de ojos se va haciendo mas profundos, los ojos de él se tranquilizan y a la vez van tomando mas y mas decisión, los de ella esperan un ataque, como los de una cobra con miedo, enrollados, esperando la mas mínima hostilidad para lanzar su ponzoñoso veneno. Pero el ataque de él la desarma, porque en menos tiempo de lo que uno tarda en decir sopa, él le roba un beso, ella crispa su cara, hace un espasmo que confunde, mueve los brazos para sacárselo de encima, pero al momento de tocarlo la alquimia hace su efecto y ella deja rendir los brazos, para luego abrazarlo y devolver el ataque con más pasión. Y en esa magia del beso mi mirada se pierde]].
Al final, el espectáculo es interrumpido en mí avanzar, por unos helechos que se interponen entre ellos y yo, y reflexiono sobre aquel par de pajaritos, esperando que alguna vez el contenido entre [[corchetes]] se haga realidad, porque los perdí estando ellos todavía peleando. En el fondo soy un romántico y me entristece ver caer del cielo un par de colibrís con alas rotas.